Se reúne, como ocurre cada semana, el Club Gastronómico-Lúdico Copero de los Viernes, esta vez en el Restaurante Tapelia, ubicado en la calle Correos 14. Como deferencia hacia el Club, que es cada vez más respetado en todos los ambientes, se nos habilita un saloncito privado. Se trata de que las conversaciones que salen de la boca de los cluberos no sean degustadas por ningún concurrente más, ni que el entorno nos despiste de nuestras cuitas privilegiadas.
Poco a poco van llegando los comensales. Saludos aquí y allá. Fredi, Ice Man (que hoy se presenta en sociedad como nuevo socio) y Finito, vienen tocados con unos gorros que los protegen del frío inclemente que nos ha invadido hoy. Como consecuencia, Freddy exhibirá unos pelos a lo Albert Einsteinn. La gente empieza a tomar posiciones. Casi hay pleno: falta el Araña, que se ha visto envuelto en la tela que tejen unas féminas amigas, con las que ha ido a enredarse en una comida. El resto: Marqueset, Quiet Man, Pata Palo, Pirata, los mentados (Finito de Almería, Freddy y Ice Men), Pepoye, Red Devil, Melenín, Botifarreta.
El menú versa hoy sobre Mojete de Bacalao (muy bueno, pero tiene mucho tomate y poco bacalao), ensalada (para algunos), timbal de patatas (para otros) y un arroz meloso de ciervo y boletus (como segundo para la mayoría) y carne para Red Devil. La comida está muy buena, sobre todo el arroz meloso, y es regada con vino tinto de Requena, y otro blanco no sé de dónde.
La conversación fluye sobre el bien y el mal. Queda en el ambiente el resquemor del Barca – Madrid (cuyo resultado aún zahiere a algunos cluberos) y cuya página se pasa rápidamente por motivos obvios, aunque se enuncia, y queda en el ambiente viciado por el tabaco, que el domingo algún otro equipo que viste de blanco puede pagar los platos rotos. Quiet man, que sufre el tema balompédico y siempre lo utiliza para llevarlo a otros temas que le agradan más, nos deleita con la historia de un presidente de un equipo de fútbol. Marqueset y Pirata nos instruyen en los inicios del emporio y en la compra de los antiguos y románticos Superettes (los de la ardilla empujando el carrito, de nuestra niñez). Antes de esos bonitos temas histórico-anecdoticos, se ha hablado de celebrar una cena de Navidad el día 17, y de lo bien que se lo pasaron los miembros de la secta gastronómica el día del jamón. Se enuncia la posibilidad de traer invitadas femeninas a las reuniones de los viernes, pero por unanimidad (tácita o expresa), instada por Quiet Man, se acuerda que nunca, hasta la puesta del sol (cual vampiros expectantes) una mujer podrá reunirse con los cluberos. El momento del ocaso señalará el pistoletazo de salida para esa posibilidad. En esas idas y venidas de la conversación, difícil de sistematizar porque son once individuos los que intervienen, se enarbola la posibilidad de que se dispute un partido de fútbol-sala entre los propios miembros. Es acogido con desigual parecer, pero todo indica que se llega a aprobar la moción. Los postres deambulan entre una flauta de helado de arroz con leche, fruta del tiempo pelada (manzana, naranja…), y algo más que no recuerda el literato que narra estas aventuras. Los chupitos de pacharán y orujo de hierbas, posteriores a los cafés, cierran la degustación clubera.
Son ya las cinco de la tarde. Nos ha costado desembolsar 30 euros. La comida ha estado muy bien, el precio quizá un poco caro. En la balanza siempre prima el que uno se haya quedado satisfecho, frente a la pequeña desproporción de lo abonado. Se le puede dar un 7 ó 7 alto a la comida. Es hora de ir embozándose, entre la maraña de volutas aéreas que forma el humo de los putos fumadores que han viciado el pequeño cubículo que nos ha albergado, para salir a enfrentarse de nuevo al frío inclemente del exterior; es hora de desfilar hacia otros ambientes coperos, laborales o familiares. La comida ha terminado. Larga vida al Club.
Botifarreta
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