... concurrieron a tal evento aquella tarde de primavera.
Un sol mortecino de marzo bañaba la ciudad, somnolienta aún tras las celebraciones josefinas, cuando los bravos héroes, los bravos adalides de la causa lúdico-copera de los viernes, se reunieron para resolver sus cuitas en el restaurante Quimera, emplazado en la calle Burriana 48, en pleno centro del ensanche, de la zona noble, del lugar en donde en época decimonónica se decidió modernizar la ciudad y dar cobijo a la flor y nata de la sociedad valenciana. Allí, en una tarde de viernes, en torno a una larga mesa, se congreban sin armaduras ni espadas, a pecho descubierto, aquellos heraldos del siglo XXI. El último en llegar fue Botifarreta, diligente servidor de la causa municipal, cuyo celo en su labor no le permitía holgar a horas más tempranas, para comprobar que el resto de los coperos, los que pasean sus hechuras por los foros valencianos, ya estaban dando cuenta de unas botellas de zumo de cebada. Allí estaban Quiet Man, Masa, El Marqueset, Finito de Almería, Melenín, Red Devil y una estrella invitada cuyo nombre no puedo acordarme (quizá Juan), junto al recién llegado Botifarreta.
“Ya podemos pedir”, se dijo a modo de saludo.
Así que una joven camarera ataviada con vestimentas de camarero (en masculino, es decir con chaleco y pantalón gris, y camisa blanca, nada sexi), fue tomando nota de los deseos gastronómicos de los concurrentes: ñoquis para unos cuantos (Quiet men o Masa) y ensalada para la mayoría.
“¿Que vinos queréis?”, preguntó la camarera de vestimenta nada insinuante.
“¿Qué vinos tenéis”, preguntó Quiet Man.
“Tenemos vino tinto de la casa y vino turbio, que es blanco”
Todos pusieron cara de extrañeza, y otro camarero, quizá el dueño, un hombre delgado como un junco, de cabeza tan despejada de pilosidad como la de Melenín, pero de facciones menos agraciadas respondió.
“Es un vino blanco, que tiene un poso, por no colar tanto la uva. Está bueno”
“Sea así”
Y se regó todo con ese vino turbio, y con algún otro vino no tan turbio y más tinto, y con agua, y con zumo de cebada, y con lo que quiso cada cual.
Y mientras los héroes daban cuenta de ese primer plato surgió uno de los temas preferidos de todo hombre que se precie: el tema balompédico. Asi que Botifarreta y Red Devil dieron rienda suelta a sus pareceres acerca del encuentro Barcelona –Valencia y de la oportunidad que perdió Zigic delante de Victor Valdés, de su poca habilidad, de cómo no esperó a regatear al cancerbero y tiró sin dilación, desde cuarenta metros, casi desde su domicilio conyugal. Los otros componentes afirmaban o negaban, tal como les dictaba su conciencia y honor; pero nada es eterno, y en medio de esa baraunda, terció Quiet Men. De todos es sabido que Quiet Man se desepera y sufre viernes tras viernes con el arte de Prosinecky, y en cuanto pudo se interpuso sin miramiento para desviar el tema con una noticia aparecida en un telediario.
“Habéis oído lo que dijo una niña cuando le preguntaron qué quería ser de mayor”
La gente miró al hombre tranquilo sin saber de qué hablaba.
“Quiero ser bombero en un futuro, pero ahora mi deseo es colocar una bomba de destrucción masiva en el colegio”.
Hubo risas y comentarios varios, y así el tema futbolístico pasó a mejor vida, como era el deseo de Quiet Man, que no sólo no disfruta con el balompié, sino que tiene que aguantar la afición de los demás, semanalmente, y de forma compulsiva.
Entre dimes y diretes llegó el segundo plato: arroz al horno para casi todos y pollo guisado para unos pocos (Quiet man). Para ese momento el Marqueset puso a funcionar su mente privilegiada e ideó una nueva actividad que podía realizarse para dar categoría al blog de la Asociación: hacer una encuesta cumplimentando una serie de puntos sobre la reunión y el restaurante copero de los viernes.
“Vamos a apuntarlo aquí”, dijo alguien sacando una triste servilleta de papel de algún lado de la mesa.
Enseguida se dispusieron unas columnas en el papel preguntando la calidad del menú, la oportunidad del precio, la belleza inconmensurable del restaurante y de su entorno; y alguna otra cuestión más que surgió de la cabeza despejada de algún presente, y todos, como si lo hubieran estado deseando toda su vida, comenzaron a pedir la servilleta para dejar su parecer para la posteridad.
“Melenín”, dijo Botifarreta, “¿Por qué no has rellenado la columna de calidad/precio del menú?”
En ese momento todos habían puesto un 5 sobre 5 en esa columna.
“Por qué aún no se lo que nos va a costar”, respondió Melenín sin despeinarse.
En ese instante Botifarreta pensó que había preguntado cosas absurdas en esta vida, pero quizá esa era la que se llevaba la palma.
Para el final del viaje de la servilleta alrededor de la mesa, ya era el momento de los postres.
Un sonido agudo invadió el local, una melodía como otra cualquiera, proveniente del teléfono de Finito de Almería. El ilustre letrado se llevó el aparato al oído y su cara se iluminó como una estrella radiante. Al devolver el artilugio al bolsillo, las expresiones sarcásticas invadían a los contertulios.
“Explícanos quién es”, decían todos al unísono.
Finito se descomponía ante aquella muestra de pervivencia de la Inquisición Española, pero no tardó en responder, pensando en que, quizá, se pudiera obtener su testimonio bajo tortura.
“Es una compañera. Tiene treinta y dos años, y nos estamos conociendo”, dijo con firmeza.
Qué bonito, que maravilloso: el amor. Que sentimiento tan precioso que todo lo invade, que domina nuestros movimientos, nuestros pensamientos, y que nos transporta a un mundo diferente, de fábula, en cuatro o cinco dimensiones.
Al momento apareció la cuenta, y Botifarreta se acordó de Melenín. El precio les iba a costar a cada uno de los miembros asistentes quince euros. No estaba mal, ni mucho menos, pero ya no eran los nueve euros que todos pensaban que iban a tener que dejar en el plato. Rápidamente alguno reclamó la servilleta para cambiar la calificación de 5 sobre 5, a 4 sobre 5, ó incluso 3 sobre 5.
“Bueno vámonos que tengo prisa, para variar”, dijo el Marqueset, al que las cinco de la tarde no representaba una hora taurina para él, sino el momento de recoger a sus hijas del colegio.
El Bagoas esperaba ya, pero sólo para unos pocos: Botifarreta, Masa, Melenín y Finito de Almería. Una nueva tarde se había consumido para los valientes lúdico-coperos.
Botifarreta.
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